El holocausto de nuestros días

Es patético, escalofriante y para toda alma sensible y solidaria no puede menos que mover a desazón y pena: todos los días mueren en el mundo 50.000 niños de hambre; pero la cifra aumenta dramáticamente si se tienen en cuenta factores directos o concurrentes. Las regiones más afectadas por este estrago causado por el propio hombre-líder son Asia y América latina y desde luego nuestro país ocupa un lugar en el tétrico escenario. Pero todos los días muere también, por hambre de justicia y amor, una buena parte -relevante, decisiva- de la estructura psíquica del ser humano que sobrelleva sus días agobiado, devastado, muchas veces enfermo orgánicamente como consecuencia de la baja de defensas por causa de estrés que provocan políticas egoístas. Es este ser humano el que luego de jadear en un desierto imperturbable acaba sus días desmoronado, apenas como una planta parlante. Son cientos de millones los que son condenados a esta cadena perpetua y pertenecen, mayoritariamente, a países subdesarrollados que aún siguen siendo colonias con otra apariencia. Entre ellos, claro está, la Argentina.

El ser humano de nuestros días, el ciudadano común, reacciona y queda estupefacto ante el hecho concreto mostrado por la crónica diaria. Es sensible, por ejemplo y lógicamente, a la matanza de cientos de niños en una escuela rusa a manos del terrorismo; lo apesadumbra la decapitación del rehén británico a manos del delirio terrorista o lo revela la matanza de inocentes iraquíes por parte de las fuerzas de ocupación. El ciudadano común se sensibiliza ante la muerte de un adolescente secuestrado y ciertamente es razonable y loable que ello suceda porque quitar la vida a cualquier criatura es un crimen, un horror ante el cual no se puede permanecer impasible. Sin embargo, como el problema de la gran matanza humana es un hecho mediáticamente abstracto, el hombre sensible, el hombre justo (que no se ha perdido aunque persiguen como fin vencerlo) no se percata de ello por una simple razón: no puede ver en una pantalla de televisión a 70.000 niños agonizando por hambre cada día; no puede observar, por ser de carácter metafísico, la enfermedad de millones y millones de espíritus a cada momento; no puede ver, por estar ocultas a lo ojos, la atrofia de miles de células nerviosas en ciento de millones de seres que los llevarán a vidas miserables en lo físico, en lo mental o espiritual. No puede, en fin, tener una visión absoluta de la verdadera tragedia humana.

¿Esta tragedia es un fenómeno del posmodernismo? Una primera respuesta a este interrogante llevaría a decir que hambre hubo siempre, que las pestes fueron implacables en la antigüedad, que la injusticia tuvo paradigmas en el medioevo y que las guerras fueron una debilidad del hombre desde su propia existencia en este planeta. Pero esta respuesta es una suerte de solución inaceptable para un problema serio, preocupante, que puede llevar a la humanidad a su desastre. Es un conformismo violento y peligroso. En todo caso una reflexión más justa y tendiente a erradicar las aberraciones humanas debería ser la siguiente: sí, calamidades pergeñadas por el hombre-líder hubo siempre, pero es inconfesable que aún este hombre, después de miles de años, no haya querido desarrollar sus valores espirituales tanto como desarrolló su capacidad racional que derivó en una portentosa tecnología. Al hombre salvaje de hace miles de años podía tolerársele, por ser limitada su capacidad cognitiva y estar en estado primario su desarrollo espiritual y mental, la reacción instintiva del acto violento que, dicho sea de paso, seguramente y como corresponde a un animal, se produciría en casos justificados. Pero es intolerable que este hombre, cuya razón evolucionó hasta límites maravillosos, haya apartado de su acción la justicia y el amor. Es inaceptable que un presidente de una nación, cualquiera ella sea, o un operador económico, permita o hasta incentive la muerte del cuerpo y del espíritu en aras de poder y riquezas.

Va de suyo que esta realidad, que no puede ser percibida por la vista, sino sentida por la reflexión, se agudiza en países periféricos como la Argentina, en donde el desorden, la injusticia, la impunidad y la arbitrariedad carcomen todos los estratos sociales y dejan al tejido social expuesto al tremendo virus del desamparo. Si bien es cierto que estos flagelos atacan a países poderosos y no poderosos, los primeros han ejercido un buen control sobre ellos y por eso se han transformado en potencias; dominadores a quienes poco o nada le interesa el orden en países más débiles porque precisamente el desorden es eficaz para sus intereses.

El lector puede observar, cotidianamente, este desorden no sólo en funcionarios o agentes de los gobiernos nacional, provincial y municipal, sino en mucha gente que se ha visto arrastrada, a veces de manera inconsciente, por esta cultura impuesta por el liderazgo que lleva a la sociedad a la perdición. En Alemania un ciudadano recrimina a otro si arroja un papel en la vía pública, aquí basta con observar la vereda para advertir que ese autocontrol no existe. Un peatón en Estados Unidos es respetado hasta límites incomprensibles para nosotros, aquí si no está atento es hombre muerto. Un agente de seguridad en cualquier país desarrollado tiene como prioridad la prevención de la falta o el delito, aquí la prioridad es la represión que muchas veces es auxiliar de la recaudación. Todo este desorden, que los señores que ocupan lugares en los poderes de la República ven, pero no les interesa resolver porque están ensimismados en su labor de conservar el poder, lleva a que cualquier institución o persona inescrupulosa haga de las suyas y sustente el principio de la ley de la selva mejorado por la razón: “todo por mi supervivencia”. Este pensamiento nazista y macabro es espeluznante y de consecuencias imprevisibles.

Hace algunos años, precisamente al hablar del terrible holocausto que debió soportar no sólo el pueblo judío, sino la humanidad, un sobreviviente de Dachau, el campo de exterminio que se levantó cerca de la ciudad alemana de Munich, de paso por Buenos Aires dijo ante un reducido grupo de amigos: “El nazismo no puede ser catalogado inocentemente como un movimiento político partidario, trasciende eso para convertirse en un pensamiento, en un espíritu perverso que se enquista en el hombre más allá de esquemas. El nazismo no respeta condiciones sociales y manda al horno tanto al rico como al pobre. Vino por nosotros y siempre vendrá por nosotros, pero terminada esta fase vendrá por cualquiera”.

Cada vez que se observan las actitudes de algunos líderes lucen exactas las palabras de aquel hombre que en su mirada tenía el sosiego de aquellos que lo han sufrido todo y lo han comprendido todo. Cada vez que se reflexiona sobre tantas calamidades que pesan sobre los débiles y los pobres, no se ven sino muchos campos de concentración en el mundo, imperceptibles para el ojo, pero que no pasan indvertidos para el corazón de aquellos que aún creen y trabajan por una humanidad en donde impere la justicia y el amor únicas vías para que el ser humano se realice como tal.

Carlos Duclos.

Diario La Capital – 29/09/2004 | Opinión

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