El tesoro invidente (Final)

CAPÍTULO III

Pasaron 12 días y 13 noches. Los piratas anhelaban atracar con heroísmo en Isla Tortuga. Soñaban con la batalla entre galos y bretones. Vislumbraban gestas legendarias empuñando la espada, asestando golpes de gracia y sonriendo inmisericordes ante la derrota del enemigo, mas no fue así.

Poco antes de que Henry y su tripulación llegasen a Isla Tortuga, todos los galos que atracaban en el puerto de la misma cayeron muertos. Los aldeanos aseguraron que la propia sombra de los marinos había oficiado como asesina. Se habló de fantasmas. Se sugirió una suerte de maligno conjuro.

Bitácora del capitán Deschamps

14 de marzo

¡Santa madre bendita! Dios se apiade de nuestras almas pendencieras. Los fantasmas nos acechan. En la medianoche escuchamos a cientos de mis hombres gritando aterrados. Todos cayeron petrificados del horror. La palidez se apropió de sus cuerpos y su espíritu abandonó su morada terrena. ¡Han muerto, todos han muerto! ¿Acaso hemos sido castigados por nuestras fechorías?

Se cierra la bitácora

Un historiador erudito no dudó en calificar la muerte de 150 hombres al mando de Deschamps, aquella noche, como la segunda llegada del ángel de la muerte.

“Oh, cuán desgarrador fue escuchar un coro de lamentos por horas enteras. El demonio desgarraba sus entrañas. La infección enferma brotó de sus fauces, la sangre llenó la esclera de sus ojos. Eran verde cual duendes. Casi toda la tripulación del galeón francés murió en circunstancias inexplicables. Solo diez sobrevivieron esa noche. Sin dudarlo, estimo que la séptima plaga del Señor los golpeó, siglos después de su primera llegada”.

A su llegada, Dragón Barbado y sus hombres desfilaron por la cubierta del galeón enemigo, buscando por dondequiera que se escondieran los sobrevivientes. A los que descubrían, lo sentenciaban a ser víctimas del azar lanzando una moneda al aire: “si ves la cara de la reina al caer, te apuñalaré el corazón. Será indoloro, pues la reina piadosa es. De lo contrario, arrancaremos tus ojos, después tus piernas y brazos y te dejaremos morir desangrado al calor del sol” Jamás favoreció la suerte a los franceses. Al parecer los bretones poseían una moneda tramposa, sin la cara de la reina ni en el revés ni en el envés.

El capitán Deschamps se confinaba presa del terror en un resquicio de su propio galeón. Los piratas no tardaron en hallar su escondite. Fue entonces cuando Henry Olonés se enfrentó cara a cara con su gran adversario.

El duelo de espadachines no fue memorable. El francés temblaba de miedo y apenas si podía sostenerse en pie. Con el filo de la daga en su cuello, escuchó la historia de Dragón Barbado.

– Malvado galo. Bien sabes que mis 40 marineros poco podían hacer para derrotarte. Por eso, una noche de clarividencia, ordené a mis tripulantes: esperad, no os dejéis llevar vuestras pasiones. En ese momento, expuse mi plan. En consecuencia, dos de ellos navegaron en una pequeña barcaza hasta Isla Tortuga mientras los demás aguardamos a unos kilómetros de la playa en nuestra embarcación. Los hombres encargados de la misión esperaron unos días, colorearon de negro sus rostros para no ser reconocidos y se ofrecieron para trabajar en el puerto. Esperaron con paciencia hasta que fondeó el buque mercante proveniente de Francia con vuestra comida- Henry tomó una bocanada de aire y lanzó una mirada satisfactoria a Deschamps ante el rictus de asombro de éste. Y prosiguió…

-Con atino, uno de ellos se ocultó en uno de los sacos de arroz. Llegada la noche y estando presentes los ronquidos de tus hombres, se aseguró de pasar desapercibido para embadurnar de una sustancia ponzoñosa pero invisible cada grano de arroz.

Conocedores somos de tu disgusto por el arroz, por ende, intuíamos que este encuentro tendría lugar.

Aterrado, incrédulo y en cierta medida, maravillado ante la astucia de su interlocutor, se encontraba el capitán francés. Multiplicidad de emociones embargaban a Deschamps.

–Zafío Olonés, vaya cobardía la tuya, no cabía esperar otro comportamiento de tu parte. Empero, que torpe eres. Me atrevo a pensar que asumiste que tu mujer vivía conmigo y no comería el arroz envenenado, mas no fue así. Ella era una esclava, y al igual que todos los demás, murió anoche- concluyó con una carcajada enloquecida irrumpió de forma sonora en el recinto.

-No es así, Deschamps, subestimas nuestra perspicacia y sobredimensionas nuestra torpeza, aquella propia de todos los mortales. Hace dos noches, mi hombre introdujo una carta dirigida a Carolina por la ranura inferior de la portezuela de su camarote. Un pergamino menudo le alertaba sobre el arroz y nuestra inminente llegada. Le ordenamos fingir su muerte, no obstante, para que no sospecharas nada en absoluto.

En ese instante, de entre los cadáveres revivió un cuerpo menudo y curvilíneo. Una hermosa morocha de nombre Carolina de Olonés. Henry giró sobre sus hombros encantado de ver a su amada después de meses de agonía, abandonando su postura intimidante.

Deschamps se escabulló, aprovechando la distracción de su enemigo, y corrió hacía el castillo de proa. Orondo y agraciado, lo siguió Henry con pasos cortos y notable pasividad. Lo propio de los hombres seguros de su victoria.

El capitán francés entró en su camarote con premura. Desquiciado por la desesperación y la ineluctable derrota, arrojó todo cuanto tenía a mano a sus persecutores. Un pequeño frasco explotó en el suelo salpicando los ojos azulados de Carolina. ¡Que mala fortuna la de la sirena de Olonés: el pequeño recipiente contenía ácido! Cuando la mujer comprendió su ceguera, estalló en llanto fue invadida por la zozobra. Sobra que os detalle el destino de Deschamps. Fue objeto de las más horrendas torturas y vejámenes y no murió hasta que su dolor fue equiparable al de las almas pérdidas del infierno dantesco.

Con el pasar de los días, Henry “El Dragón Barbado” Olonés se sumió en depresión. Su esposa no podría ver más las tardes pletóricas de arreboles y pintadas multicolor. Lanzó al mar la botella de vino con el pergamino. Gestor de una victoria épica, regresaría a las islas británicas.

Y así fue. Lo que sucedió en la fiesta de bienvenida será por siempre recordado. Afligido por el dolor inmerecido de su esposa, Henry renunció a sus ojos.

“¡Porque no puedo verte llorar, porque no soporto tu amargura, porque merecemos igual destino, porque sin ver tus ojos me siento derrotado y porque el amor es ciego, toma mis ojos querida, arráncalos de sus cuencas y lánzalos al mar!”

Desde aquel día, Henry Olonés no pudo volver a contemplar el alba terrenal y, en medio de la inacabada oscuridad, siempre vio una única luz: la de su esposa, con sus besos y palabras, y su aroma enamoradizo y embriagante. El Dragón Barbado se había topado con un tesoro sin sospecharlo: el amor.

“Mi faro eres tú, y juntos besaremos los cielos cuando la vejez conlleve a la muerte y el próximo que veamos sea a Dios” –Henry Olonés.

Fin

Barba gris (Edgar Leonardo Medina)

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2 Respuestas a “El tesoro invidente (Final)

  1. Muy buen cuento! Me gusta como está ambientado, la cadencia del lenguaje utilizado, el desarrollo de la historia. Sólo tengo que hacerle una crítica, hubiese trabajado más el descenlace fue como que se apuró mucho, no sé esa impresión me dio cuando lo leí.

  2. Estoy de acuerdo con tu crítica. Iba feliz escribiendo cuando me di cuenta de que se me había terminado el espacio -el límite eran 5 páginas :O- y me tocó ser un poco “periodístico” y terminar de forma vertiginosa, pero nada que no se pueda arreglar :D.

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