Regreso Inesperado

Escrito por: Lissewen (Marly L.)

El arribo imprevisto de Helena desconcertó a Edgar. Que se le apareciera luego de cinco años no era fácil de asimilar. Muchas lágrimas y horas de terapia le había costado al pobre Edgar superar su abandono.

Helena era una mujer fría, calculadora, manipuladora, voluble, que un día sin más dejó a Edgar y a su pequeña hija Samatha para desaparecer del mapa, y ahora estaba ahí, sentada frente a su marido abandonado, que caminaba de un lado al otro, mientras ella esbozaba una sonrisa maliciosa.

Una hora después de su arribo aún Edgar no entendía el porqué de su regreso. En esa hora ninguno de los dos pronunció palabra. Él se mantuvo caminando de un lado al otro mientras ella, sentada en el sofá, prendía un cigarro tras otro con la colilla del anterior.

Finalmente el silencio se rompió:

¿A ti te parece demasiado fácil aparecerte aquí como si nada hubiese pasado, verdad?

Una bocanada de humo salió de entre los labios de Helena.

De improviso se escuchó una llave en la puerta del departamento, se abrió, entró una joven mujer de cabellos color de sol. Era Mariel.

¿Quién es esta mujer?- Inquirió Mariel

Es ella- dijo Edgar

Helena sonrió nuevamente como sólo ella sabía hacerlo. De pronto ella habló.

Vine a hablar contigo a solas, dile a esta muchachita que se marche.

Esta muchachita como tú la llamas fue quien me salvó del abismo en el que me dejaste.

Por favor querido, deja de llorar como una niña –expresó Helena- yo no podía quedarme al lado de un mediocre oficinista de medio pelo como tú cuando esa puerta me invitaba a probar suerte en un mundo que a tu lado nunca hubiera conocido.

Edgar y Mariel se miraron atónitos.

Vamos queridos, que tanto desconcierto, es lo que cualquiera en mi lugar hubiese hecho, lo que tú –dirigiéndose a Mariel- harás en cuanto te aburras de este miserable.

Un largo silencio prosiguió a las palabras de Helena. Finalmente Edgar habló.

¿A qué carajo volvistes? No creo que sólo a insultarme.

Claro que no, vine por Samantha, es mejor que esté conmigo que contigo.

Hubieses pensado eso antes de abandonarla, para ella como para todos estás muerta.

¿Muerta? A ver con quién se querrá ir cuando se entere que su adorado padre la engañó todos estos años.

No te atreverías…

Oh sí. Tanto que no pienso moverme de aquí hasta que regrese –dijo mientras cruzaba las piernas.

Es inútil que te quedes aquí- dijo Mariel con tono tajante.

Pierdes tu tiempo- inquirió Edgar

¿Perder mi tiempo? Si de llevarme a mi hija se trata, no creo que esto sea perder el tiempo.

Samantha no está aquí y no volverá –gimió con desesperación Edgar, evidentemente quebrado.

¿Qué estás tratando de decir? –inquiere Helena con ojos asesinos.

Edgar se desplomó en un sillón a llorar. Mariel, de pie a su lado, le acariciaba los cabellos.

Ella… Ella ya no está –balbuceaba Edgar.

Habla claro –gritó Helena.

Yo te lo explicaré, pero no es nada fácil –intervino Mariel y tomó asiento en el borde del sillón de Edgar.

Cuando te fuiste Edgar le dijo a la niña que habías tenido que salir de viaje de negocios y que pronto regresarías. Samantha preguntaba por ti a diario, conforme pasaron los días ella se empecinó como es lógico en saber la fecha de tu regreso. Unos amigos aconsejaron a Edgar que lo mejor era decirle que habías muerto, así ella no preguntaba más. Edgar confundido y sumido en la depresión absoluta, más ebrio que sobrio, decidió decirle esa versión a tu hija, y así fue. La niña si antes sólo te extrañaba luego de la fatal noticia cayó en el más profundo estado del dolor, en la depresión absoluta. Su cálida sonrisa se había borrado para siempre.

Fuiste un estúpido –espectó Helena.

Edgar sollozaba.

Continúo –dijo Mariel.

Edgar se hundió aún más en ese pozo profundo en el que estaba desde que te marchaste, ver a su hija sumida en la tristeza lo destrozó en lo más hondo de su ser. La desesperación lo llevó a beber aún más que hasta entonces y caer en el aberrante mundo de las drogas.

Fue así como tus padres entraron en acción, Helena.

¿Mis padres? –preguntó Helena, ¿Cómo que mis padres si ellos nunca paran aquí?

Por familiares y conocidos se enteraron no sólo de tu abandono sino de la vida descarrilada que llevaba Edgar, sexo, droga y alcohol no son una buena combinación ni es lo ideal para criar a una niña tan pequeña. Edgar había perdido el trabajo a causa de sus vicios y sobrevivían de los pocos ahorros que tenían, fue en estas condiciones que se dio el regreso de tus padres.

Pelearon por la custodia y dadas las circunstancias que Edgar pasaba, lógicamente la consiguieron con facilidad. Ni mencionar que el dinero y la posición social de tus padres influyeron mucho, Helena.

Así que está con mis papás. No pensé que sería tan fácil, lo único que tengo que hacer es buscarlos. Ellos no me negarán a mi hija.

Aún no acabé mi historia, Helena.

¿Aún hay más?

Un lamento agudo, como un aullido escapó de la garganta de Edgar.

Tus padres ganaron la custodia de Samantha, cierto, y pronto quisieron retomar su agitada vida de viajes alrededor del Mundo. Creyeron que tomar otros aires y ver otras personas curarían a la niña. A la semana del juicio abordaron su avión privado con rumbo al Caribe como primera escala, y…

¿Y qué? Habla –exigió Helena.

El avión tuvo un desperfecto y cayó en medio de la selva. Siento decirte esto pero, no hubo sobrevivientes. Tus padres y Samantha murieron carbonizados…

¡Nooooooooooooooooooooooooo! –gritó con desesperación Helena.

Edgar lloraba desconsoladamente.

Eso no es verdad, son patrañas suyas para alejarme de mi hija –Helena parecía escupir cada sílaba que pronunciaba.

Es la verdad, Helena –aseveró Mariel.

Helena se levantó lentamente del sofá y se dirigió hacia la puerta, de pronto volteó alzando un dedo amenazador ante la pareja en el sillón.

Si están inventando todo esto para alejarme de mi hija me la van a pagar muy caro –amenazó Helena.

Si no nos crees ve al Mausoleo de tu familia, Helena. Ahí se encuentran los restos de tus padres e hija.

Eso es lo que haré, que no les quepa duda –finiquitó Helena, azotando la puerta tras de sí.

****

Era un mediodía frío y húmedo. El sol no asomaba entre las nubes. El cementerio central lucia gris y más triste que de costumbre. Helena transitaba rápidamente entre los pabellones, las tumbas y los mausoleos, hasta llegar a la zona donde tenían los suyos los miembros más prominentes de la aristocracia local, su familia era una de ellos. Por fin llegó al lugar. Era el mausoleo más grande de los alrededores, de mármol italiano, imponente. Entró de prisa al frío bloque blanco y se puso a buscar entre los lugares recordaba vacíos, pronto vio el nombre de sus padres, Don Augusto Carrillo y Zorrilla de la Rivagüero y Doña Catalina Echenique de Carrillo y Zorrilla. Es cierto que están muertos –murmuró Helena. Rápidamente sus ojos se desviaron hacia una pequeña lápida debajo de la de sus padres. Ahí decía: Samantha Gómez Carrillo y Zorrilla.

El corazón de Helena pareció destrozarse en mil pedazos, se sintió atacada por millones de puñales fríos como el hielo que le destrozaban el cuerpo y el alma. Cayó pesadamente a los pies de la lápida y lloró desconsoladamente por horas.

****

Un zombie tenía más vida, no era la mujer que todos amaban era una sombra cuando salió de aquel lugar, pasaba sin ser vista como nunca antes en los años que llevaba de existencia, era una más del montón, pero no, ella no se sentía así, pero tampoco se sentía la reina que solía creerse, se sentía un ser de otro mundo, alguien que ya no tiene alma ni vida, ni motivos para reír. Caminaba lentamente por las calles adoquinadas, y atrás sólo quedaba el sonido de sus tacones aguja.

Camino sin rumbo durante horas, la noche estaba por caer, había sido sin duda alguna el peor domingo de su vida. Sus piernas la llevaron a un viejo puente en el lado antiguo de la ciudad. Se quedó en medio del puente, con la mirada perdida en el horizonte, sin saber qué hacer ni a donde ir. De pronto el susurro del río que dividía la ciudad le llevó una palabra que hace años no oía para sí: Mamá. Inmediatamente Helena miró hacia las aguas del río y creyó ver sobre ellas a Samantha tal y como la vio la última vez, con aquel vestido blanco de verano y ese lazo largo en el cabello. Helena tendió sus brazos hacia el agua. Su cuerpo se recostó sobre la baranda, “Allá voy hija” –fue lo último que murmuró. Y la noche cayó.

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4 Respuestas a “Regreso Inesperado

  1. Este cuento originalmente fue escrito para un concurso en un conocido foro hispanohablante. Tenía que cumplir con ciertas frases y su extensión máxima eran 500 palabras, así que lógicamente acababa mucho antes, pero me recomendaron terminarlo y así lo hice. Espero sea de su agrado.

  2. Felicidades Lissewen, El cuento te quedó muy bien, el desenlace trágico si me sorprendió un poco, tienes madera ^*^

  3. Trágico trágico trágico…con un concepto griego d elas culpas….Un saludo

  4. Muchas gracias por los comentarios. 🙂

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