Blasón

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[Cuento]Huracán Silencioso

Octubre 19, 2008 · Dejar un comentario

Manchas entra y sale enérgicamente por la puerta del comedor, moviendo la cola, señal de felicidad extrema que demuestra cuando alguien querido llega. Sabe que no debe entrar aquí, la siguiente vez pedirá permiso, poniendo esos ojos tiernos que sólo él sabe poner, pero su desobediencia a regla tan básica de esta casa, se justifica, debido a que anunciaba un gran arribo: Tomás, luego de seis años, volvía aquí.

Nunca supe cuando dejé de extrañarlo, de hecho con él nunca supe nada, ni cómo lo llegué a amar, ni qué pasó para que se fuera de esa forma inexplicable hace ya tanto tiempo. Y ahora verlo ahí, parado en el umbral que divide la sala del comedor, con esa sonrisa tan blanca, como un relámpago enceguecedor y esa camisa anacrónica de siempre, que pareciera heredada de su abuelo.

Ganar es tan fácil para él. Se acerca. Me toma en sus brazos, y voy cayendo de boca en su boca. Como si el tiempo no hubiese pasado. Me hundo en su piel, respiro su aliento. ¿Qué explicación posible hay a esta debilidad mía o a esta súbita aparición suya? ¿Por qué hago lo que hago?

Pero no, no hay tiempo para más, mis pensamientos son nublados por el inmenso deseo que aún logra despertar en mi, creí que no volvería a sentir esta pasión nunca más, ni por él ni por nadie y ahora esto. Y Manchas, asistente festivo de este encuentro, no para de lamernos, mientras nosotros nos entregamos a esa fiebre ventral, en una conversación de gemidos, carente de palabras.

Al día siguiente los restos esparcidos por la casa fueron los mudos testigos de la pasión desenfrenada de la noche anterior. Y él, él no está más, quizá anduvo por aquí sólo cerrando pasados turbulentos, mientras revivía en mi sensaciones que creía olvidadas. Y ahora estoy aquí en medio del desastre de su paso huracanado, y Manchas me mira desde el mismo umbral que ayer ocupara su sonrisa.

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Asesina

Agosto 20, 2008 · 2 comentarios

- Entonces así quedamos, la otra mitad cuando el trabajo esté terminado- dijo la voz en las penumbras.

- Y lo estará muy pronto.- contestó ella.

No es éste mi estilo de trabajo, pero la paga es buena y debo hacerlo. Todo sería más sencillo si sólo se tratase de un disparo fugaz en medio de la noche, y salir corriendo en la moto, como siempre, pero no, este trabajo es especial, una deliciosa pieza engastada de maldad. Bueno él tendrá sus razones para pedir algo así, yo no tengo nada que replicar, total matar es mi oficio, la forma en que lo haga no debería afectarme lo más mínimo.

****

Santiago salió de su pequeño estudio, subió al viejo Volkswagen y luego de dos intentos por arrancar, por fin se puso en marcha. El día había sido duro pero gratificante, era hora de volver a casa.

07:30 p.m. Vuelve a casa. La misma rutina una y otra vez los tres primeros días de la semana…mmm… qué verá en él, qué acto tan malo cometió para ser merecedor de tan cruel destino… por qué, si sólo parece ser un hombre inofensivo… algo tonto incluso, sin más aspiraciones y divertimentos que encerrarse a pintar en ese pequeño estudio. Qué paso seguir, cuál sería la manera más dolorosa de acabar con él.

****

- Pase señorita, tome asiento- dijo Santiago no sin cierta turbación ante la belleza de la mujer- ¿Qué la trae por aquí? –añadió.

- Bueno me han llegado muy buenas referencias de su trabajo, así que decidí que usted era el indicado para realizar el regalo de cumpleaños de papá.

- A ver dígame, estoy a sus órdenes.

- Deseo un retrato mio, grande, que papá pueda poner orgulloso en el mejor lugar de la casa.

Así siguió la conversación, ultimando detalles de la transacción. Arreglando fechas, coordinando horarios.

- Disculpe, todo ya está listo pero no sé su nombre.

- Soy Dalila Thompson, mucho gusto. ¡Ah! y por favor háblame de tú, debemos tener casi la misma edad.

- Si así lo deseas.- Santiago sonrió.

- Pasaremos mucho tiempo juntos las próximas semanas y es mejor que haya confianza entre nosotros- añadió Dalila.

****

- He esperado esto desde que te conocí.- susurró Santiago.

- Y yo también.- susurró ella.

Ambos jóvenes se transaron en ese laberinto sin fin que es el amor, aventurándose a vivirlo más allá de cualquier prejuicio. Les importaba en absoluto ser casi un par de desconocidos, así como también les importaba poco que lo estrictamente profesional haya pasado a un plano más íntimo.

- Es la primera vez que me pasa algo así, han pasado muchas mujeres hermosas por mi estudio pero nadie me impactó como lo hiciste tú.

- Y yo no caigo rendida ante un hombre tan fácilmente, pero tú, tú eres diferente a los demás, lo puedo sentir cuando te miro a los ojos, cuando oigo el ritmo de tu respiración, en fin…

Ella no pudo seguir hablando porque él le calló la boca con un apasionado beso.

****

Van dos semanas ya y definitivamente no sé qué le hizo este hombre, es inofensivo en lo absoluto, no parece esconder nada en su vida, es tan correcto, afable y… no sé porqué de nuevo esta sensación que me invade cuando pienso en él, qué es, porqué me importa tanto todo esto si es un trabajo más, especial tal vez, pero trabajo, como cualquier otro…

****

-¿Te casarías conmigo?- preguntó Santiago.

-¿Estás loco? ¡No llevamos ni un mes de conocernos!- añadió ella.

-Pero no hay nadie más con quien quiera compartir mi vida- agregó él.

-Dame unos días para pensarlo, todo es tan apresurado, necesito pensar, pero por favor no me llames, yo te llamaré cuando te tenga una respuesta-dijo ella.

-No es lo que yo esperaba, pensé que tú me amabas tanto como yo a ti, pero bueno respetaré tu decisión.- sentenció Santiago.

- Te Amo, nunca lo dudes.-finalizó la mujer.

****

Demonios no puedo hacerlo, no luego de aquello, no luego de decir esas palabras que nunca creí que diría, este hombre no es común, ha cambiado mi vida y definitivamente no puedo matarlo… el que debe morir es el otro…sí aquel maldito que me contrató para matarlo.- los pensamientos de la mujer fueron interrumpidos por el sonido de su celular, la pantalla marcaba un nombre: Santiago.

-Aló- dijo ella.

-Aló, Dalila, sé que querías tiempo pero ha pasado una semana y te extraño, no intento presionarte pero necesito una respuesta o al menos verte.- suplicó Santiago al otro lado de la línea.

-Te la daré, sólo dame un par de días más. Tengo un pequeño asunto que arreglar.-dijo fríamente Dalila.

-Ok, amor. Nos vemos pronto. Besos.- añadió Santiago.

-Besos.-finalizó secamente Dalila y colgó el celular.

****

Era tarde en la noche cuando el corpulento hombre salió de las penumbras de esa fábrica en ruinas y estaba a punto de subir a su coche blindado cuando las balas disparadas desde un arma con silenciador acabaron para siempre con su vida.

El motor de una moto irrumpió en el inmenso silencio de la noche.

****

-Sí. Acepto casarme contigo.- dijo Dalila.

-Me haces tan feliz con la noticia, mi amor- agregó Santiago, abrazándola fuertemente.

****

El día estaba radiante y la novia hermosa. Santiago la esperaba en el altar. Sólo había unos pocos amigos suyos, ella dijo que su padre no pudo llegar a tiempo a la ciudad para la ceremonia y que no tenía amigos. Él le creyó. Luego de una conmovedora ceremonia religiosa, los ahora esposos se besaron tiernamente, cuando de pronto la novia cayó desplomada al suelo y su albo vestido se tiño de sangre. El silencio fue interrumpido por el ruido de una moto a las afueras de la Iglesia.

-Perdóname- alcanzó a susurrar Dalila.

Santiago estaba en shock, no terminaba de entender qué había pasado. Finalmente reaccionó.

-No me dejes ahora, mi amor- dijo entre lágrimas.

-Te Amo- murmuró ella antes de morir.

El que era el más feliz de los novios ahora era el más infeliz de los viudos. La abrazó fuertemente contra su pecho y lloró desconsoladamente. Los intentos porque dejara el cadáver quieto hasta que llegaran las autoridades fueron en vano.

****

Pasaron dos semanas infernales para Santiago. Aún no se recuperaba de la fuerte impresión causada por la muerte prematura de su esposa, cuando el oficial encargado del caso fue a visitarlo.

-Siento informarle esto señor, pero fue un ajuste de cuentas.- dijo el policía.

-¿Qué?

-Su esposa, Dalila Thompson, no era otra que la asesina a sueldo más buscada por la justicia, fue matada según su propio modus operandi, obviamente Dalila Thompson era sólo un alias, su verdadero nombre es…

-No quiero escuchar más, no es más que una vil mentira.

Santiago salió raudo de su departamento y se subió a su viejo Volkswagen. Comenzó a manejar sin rumbo. Las palabras del oficial retumbaban en su mente.

-Es mentira.- dijo mientras aceleraba el auto. De pronto apareció un trailer y Santiago no intentó frenar. El Volkswagen se clavó en el trailer.

- Te Amo Dalila…-fueron sus últimas palabras.

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La granja

Agosto 8, 2008 · 3 comentarios

Mi único berretín es ver esta granja convertida en la mejor del pueblo, para así demostrarle a ese cascarrabias de Jeremías que ¡yo soy el mejor criador de animales de corral!

Sé que estoy un poco chiflado, eso de instalar un caloventor de primera en el establo a las vacas para que produzcan leche tibia es una teoría que nadie apoya pero bueno, así soy yo pues, y digan lo que digan lo seguiré haciendo.

Para seguir siendo honesto no hay nada que no haría por esta granja, no es tan grande como la de aquel pero los animales que produzco son los más ricos y los más tiernos al diente de la región. ¡Y mi Matilde! ¡Qué sería yo sin mi Matilde! Ella ponedora como la que más, me ha hecho ganarle varios concursos al estúpido ése. Sin duda alguna la mejor gallina de la región, ni pensar que era una pollita desabrida que me vendieron por cuatro pesos, ¡ah pero es que esas son las mejores!

Tiempo después…

Se escuchan las comunicaciones por la vieja radio que tengo en la habitación del fondo, lo que se dice es que vendrá una mala etapa para la región, consecuencia de la guerra civil, así que debo tomar una decisión sobre el futuro de la granja. Ni pensar que hasta hace poco era cabalmente imposible lo que estoy a punto de hacer.

Voy y le ofrezco un trato al Jeremías ése, para unir las dos granjas y enfrentar mejor los malos tiempos. El Jeremías, feliz por la propuesta –porque en el fondo sabe que soy el mejor granjero de la región- me palmoteó la espalda, así que manoteé la suya también en señal de camaradería y caso cerrado.

Quien diría que a dos viejos enemigos, otra guerra los uniría.

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Inti y Killa: Un amor imposible

Junio 17, 2008 · 1 comentario

Inti vivía muy solo en el inmenso cielo vestido de luto eterno. Él brillaba mucho y sabía que había otros de su especie, pero tan lejos de si que apenas sus débiles brazos llegaban como suave brisa a rozar sus mejillas. Los días pasaban, los años le seguían, y él seguía solo. Lloraba, y nada pasaba. Ya no sabía qué hacer.

Cierto día Inti tuvo un sueño, soñó con un hermoso ser, distinto a él, pero que sintió en el fondo de su corazón lo complementaba. Killa, Killa, escuchó decir. Cuando despertó Inti era el ser más feliz del universo, sabía que tarde o temprano ella aparecería y ya no estaría más solo.

Ese día Inti brilló más que de costumbre, su cuerpo estaba tan henchido de emoción que se puso a cantar una dulce melodía que parecía no tener fin.

Y poco a poco algo sorprendente sucedió, de todos los alrededores comenzaron a brotar bellos astros, similares a él pero con menos brillo. Es como si su canto los conjurase. Y empezó a buscar y contó nueve grandes y muchos otros más pequeños, pero ninguno era su amada Killa. Hasta que de pronto, contemplo la belleza azul de la tercera esfera y quedó encandilado, tal vez no era Killa pero sin duda ella debía vivir ahí, entonces se acercó a él y cantó con más fuerza, con toda la fuerza de su corazón. Y de ese planeta (porque así los bautizó Inti) comenzaron a surgir seres que adornaron su superficie, seres de todas las formas y tamaños, pero Killa no estaba entre ninguno de ellos.

Vio Inti que la vida en aquel lugar azul al que llamó Allpa era buena, y que todos los seres que se movían en ella venían en pares y se sintió más desdichado aún. En eso, acabó el día y estaba tan cansado que se fue a dormir.

Esa noche en sueños sintió la calidez de Killa nuevamente, pero aún más cerca que la primera vez, fue así como abrió los ojos y vio que detrás del planeta azul estaba su hermosa Killa. Quiso correr hacia ella y no pudo, entonces brilló con toda la fuerza que tenía en su interior y Killa se escondió detrás de Allpa. Así se dio una y otra vez, día tras día, mientras Inti más brillaba Killa más se escondía.

Fue entonces que Inti comprendió que al brillar a cualquier hora en su afán de acercarse a Killa se estaba saliendo del orden universal, de los tiempos que un ser más poderoso que él había creado, desde entonces aceptó su terrible destino de amar a la distancia y en la soledad de los días, mientras Killa lo arrullaba en su letargo de noche.

Vocabulario:

Inti: (Quechua) Sol.

Killa: (Quechua) Luna.

Allpa: (Quechua) Tierra.

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[Cuento] Luz Paralela

Mayo 27, 2008 · Dejar un comentario

Por: Marly L. (Lissewen)

Los médicos estaban llamados a utilizar las herramientas correctamente; el objetivo, eliminar obstáculos y enemigos, invisibles pero determinantes para la salud de Humberto Nailen, pero no fue así, tan pronto como acabaron la intervención se vieron las consecuencias de sus actos fallidos. Los impulsos nerviosos, el galopar del corazón, el hálito de vida, se hacían cada vez más débiles y la agonía más larga.

¡Oh Dios! ¿Por qué esta soledad? ¿Por qué esta inmensa oscuridad? Y lo único que puedo hacer es ir avanzando hacia la luz plena que se presenta delante mio, aunque no comprenda que sucede, pero es lo único que me reconforta. ¿Dónde estoy? ¿Quién soy ahora? La última vez que recuerdo era Humberto Nailen, abnegado esposo y padre de familia, abogado de casos perdidos y eventualmente de gente necesitada; un hombre feliz, podría decirse, hasta que comencé a sentir esos dolores, esos dolores indefinidos en distintas partes del cuerpo, que me despertaban a las cinco de la mañana antes que el gallo cantara o me interrumpían en plena disertación ante el gran jurado, pero ahora no me queda más que ir caminando hacia esa gran luz.

Un trabajo en extensión y profundidad, una limpieza básica y algo más, en fin, una minuciosa preparación del cuerpo era necesaria antes de ser depositado en su frío féretro. Por fin, un logro plenamente satisfactorio, ante los ojos de los deudos, se había alcanzado con el cadáver de Humberto Nailen. Sus hijos y su viuda lo querían recordar así, casi tan vivo como cuando aún vivía.

Caminar y caminar, ya estoy harto de caminar y no alcanzar esa luz, pero debo intentarlo, seguiré y al fin encontraré lo que busco, ese sol a raudales, aire puro y espesa vegetación que promete la brisa que siento venir del final del túnel.

Qué mejor que cirios y flores para acompañar el féretro en el velorio, pensaron los deudos de Humberto Nailen. El lugar parecía una selva, entre tantos arreglos florales, enviados por la variopinta cantidad de gente con la que trataba el difunto. Desde altos funcionarios hasta el más humilde de los ciudadanos que alguna vez fueron sus defendidos. El calor, aumentado por el humor de las velas se hacía insoportable; el ambiente, lleno de flores exóticas, lejos de ser lúgubre era festivo; y la cháchara de los asistentes hablaba de todo menos de un funeral.

Por fin, por fin alcanzaré la luz, se repetía Humberto Nailen, mientras daba sus últimos pasos hacia ella, por fin saldré de este largo túnel lleno de desasosiego e incertidumbre, por fin. En eso, dio su último y definitivo paso, llegó a la luz.

Ante la mirada atónita de sus hijos y viuda, el cadáver abrió los ojos.

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El tesoro invidente (Final)

Mayo 3, 2008 · 2 comentarios

CAPÍTULO III

Pasaron 12 días y 13 noches. Los piratas anhelaban atracar con heroísmo en Isla Tortuga. Soñaban con la batalla entre galos y bretones. Vislumbraban gestas legendarias empuñando la espada, asestando golpes de gracia y sonriendo inmisericordes ante la derrota del enemigo, mas no fue así.

Poco antes de que Henry y su tripulación llegasen a Isla Tortuga, todos los galos que atracaban en el puerto de la misma cayeron muertos. Los aldeanos aseguraron que la propia sombra de los marinos había oficiado como asesina. Se habló de fantasmas. Se sugirió una suerte de maligno conjuro.

Bitácora del capitán Deschamps

14 de marzo

¡Santa madre bendita! Dios se apiade de nuestras almas pendencieras. Los fantasmas nos acechan. En la medianoche escuchamos a cientos de mis hombres gritando aterrados. Todos cayeron petrificados del horror. La palidez se apropió de sus cuerpos y su espíritu abandonó su morada terrena. ¡Han muerto, todos han muerto! ¿Acaso hemos sido castigados por nuestras fechorías?

Se cierra la bitácora

Un historiador erudito no dudó en calificar la muerte de 150 hombres al mando de Deschamps, aquella noche, como la segunda llegada del ángel de la muerte.

“Oh, cuán desgarrador fue escuchar un coro de lamentos por horas enteras. El demonio desgarraba sus entrañas. La infección enferma brotó de sus fauces, la sangre llenó la esclera de sus ojos. Eran verde cual duendes. Casi toda la tripulación del galeón francés murió en circunstancias inexplicables. Solo diez sobrevivieron esa noche. Sin dudarlo, estimo que la séptima plaga del Señor los golpeó, siglos después de su primera llegada”.

A su llegada, Dragón Barbado y sus hombres desfilaron por la cubierta del galeón enemigo, buscando por dondequiera que se escondieran los sobrevivientes. A los que descubrían, lo sentenciaban a ser víctimas del azar lanzando una moneda al aire: “si ves la cara de la reina al caer, te apuñalaré el corazón. Será indoloro, pues la reina piadosa es. De lo contrario, arrancaremos tus ojos, después tus piernas y brazos y te dejaremos morir desangrado al calor del sol” Jamás favoreció la suerte a los franceses. Al parecer los bretones poseían una moneda tramposa, sin la cara de la reina ni en el revés ni en el envés.

El capitán Deschamps se confinaba presa del terror en un resquicio de su propio galeón. Los piratas no tardaron en hallar su escondite. Fue entonces cuando Henry Olonés se enfrentó cara a cara con su gran adversario.

El duelo de espadachines no fue memorable. El francés temblaba de miedo y apenas si podía sostenerse en pie. Con el filo de la daga en su cuello, escuchó la historia de Dragón Barbado.

- Malvado galo. Bien sabes que mis 40 marineros poco podían hacer para derrotarte. Por eso, una noche de clarividencia, ordené a mis tripulantes: esperad, no os dejéis llevar vuestras pasiones. En ese momento, expuse mi plan. En consecuencia, dos de ellos navegaron en una pequeña barcaza hasta Isla Tortuga mientras los demás aguardamos a unos kilómetros de la playa en nuestra embarcación. Los hombres encargados de la misión esperaron unos días, colorearon de negro sus rostros para no ser reconocidos y se ofrecieron para trabajar en el puerto. Esperaron con paciencia hasta que fondeó el buque mercante proveniente de Francia con vuestra comida- Henry tomó una bocanada de aire y lanzó una mirada satisfactoria a Deschamps ante el rictus de asombro de éste. Y prosiguió…

-Con atino, uno de ellos se ocultó en uno de los sacos de arroz. Llegada la noche y estando presentes los ronquidos de tus hombres, se aseguró de pasar desapercibido para embadurnar de una sustancia ponzoñosa pero invisible cada grano de arroz.

Conocedores somos de tu disgusto por el arroz, por ende, intuíamos que este encuentro tendría lugar.

Aterrado, incrédulo y en cierta medida, maravillado ante la astucia de su interlocutor, se encontraba el capitán francés. Multiplicidad de emociones embargaban a Deschamps.

–Zafío Olonés, vaya cobardía la tuya, no cabía esperar otro comportamiento de tu parte. Empero, que torpe eres. Me atrevo a pensar que asumiste que tu mujer vivía conmigo y no comería el arroz envenenado, mas no fue así. Ella era una esclava, y al igual que todos los demás, murió anoche- concluyó con una carcajada enloquecida irrumpió de forma sonora en el recinto.

-No es así, Deschamps, subestimas nuestra perspicacia y sobredimensionas nuestra torpeza, aquella propia de todos los mortales. Hace dos noches, mi hombre introdujo una carta dirigida a Carolina por la ranura inferior de la portezuela de su camarote. Un pergamino menudo le alertaba sobre el arroz y nuestra inminente llegada. Le ordenamos fingir su muerte, no obstante, para que no sospecharas nada en absoluto.

En ese instante, de entre los cadáveres revivió un cuerpo menudo y curvilíneo. Una hermosa morocha de nombre Carolina de Olonés. Henry giró sobre sus hombros encantado de ver a su amada después de meses de agonía, abandonando su postura intimidante.

Deschamps se escabulló, aprovechando la distracción de su enemigo, y corrió hacía el castillo de proa. Orondo y agraciado, lo siguió Henry con pasos cortos y notable pasividad. Lo propio de los hombres seguros de su victoria.

El capitán francés entró en su camarote con premura. Desquiciado por la desesperación y la ineluctable derrota, arrojó todo cuanto tenía a mano a sus persecutores. Un pequeño frasco explotó en el suelo salpicando los ojos azulados de Carolina. ¡Que mala fortuna la de la sirena de Olonés: el pequeño recipiente contenía ácido! Cuando la mujer comprendió su ceguera, estalló en llanto fue invadida por la zozobra. Sobra que os detalle el destino de Deschamps. Fue objeto de las más horrendas torturas y vejámenes y no murió hasta que su dolor fue equiparable al de las almas pérdidas del infierno dantesco.

Con el pasar de los días, Henry “El Dragón Barbado” Olonés se sumió en depresión. Su esposa no podría ver más las tardes pletóricas de arreboles y pintadas multicolor. Lanzó al mar la botella de vino con el pergamino. Gestor de una victoria épica, regresaría a las islas británicas.

Y así fue. Lo que sucedió en la fiesta de bienvenida será por siempre recordado. Afligido por el dolor inmerecido de su esposa, Henry renunció a sus ojos.

“¡Porque no puedo verte llorar, porque no soporto tu amargura, porque merecemos igual destino, porque sin ver tus ojos me siento derrotado y porque el amor es ciego, toma mis ojos querida, arráncalos de sus cuencas y lánzalos al mar!”

Desde aquel día, Henry Olonés no pudo volver a contemplar el alba terrenal y, en medio de la inacabada oscuridad, siempre vio una única luz: la de su esposa, con sus besos y palabras, y su aroma enamoradizo y embriagante. El Dragón Barbado se había topado con un tesoro sin sospecharlo: el amor.

“Mi faro eres tú, y juntos besaremos los cielos cuando la vejez conlleve a la muerte y el próximo que veamos sea a Dios” –Henry Olonés.

Fin

Barba gris (Edgar Leonardo Medina)

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El tesoro invidente

Mayo 1, 2008 · Dejar un comentario

CAPÍTULO II

Los festines salvajes e impúdicos precedieron el zarpar de los navíos piratas. Litros de ron, mujeres y sinvergüencería se vertieron al unísono con las olas de espuma nívea y burbujeante que golpeaban la playa de isla británica. – Isla Tortuga será nuestro destino, ajustad vuestras brújulas para navegar por el Atlántico, marineros – sentenció un ebrio Henry. Su tripulación de filibusteros respondió con vítores y cánticos desternillantes. Cabe apuntar el juicio de nuestro Ulises pirata, quien manteniéndose fiel a su amor, sólo aceptó un beso por parte de una golfa demasiado bella para renegar de ella.

“jo, jo, jo, a la mar vamos a conquistar. A la luz de la luna y bajo el fulgor del sol, la pillería reinará. Con dagas y trabucos tomaremos tus tesoros, con ron festejaremos nuestros logros. Nos llaman ladrones, mas somos caballeros, caballeros de altamar.”

Y así, un día cualquiera cuya fecha no recuerdo, Henry y sus camaradas partieron de un puerto en sombras, conocido apenas por forajidos y nadie más. Los piratas aún temían al Atlántico. Las leyendas de serpientes marinas, gigantescos pulpos y magnánimos calamares asesinos seguían formando parte de su repertorio de pesadillas y leyendas.

Mientras tanto, observemos lo que ocurría en el frente de los románticos franceses a través de las memorias del capitán adversario: Deschamps, el galo de hierro.

Bitácora del capitán Deschamps

23 de enero

Fondeamos en Isla Tortuga después de semanas de arduo navegar. Mis marineros obraron con maestría. Asaltaron la galera del infame Dragón Barbado con sigilo y arrebataron de sus manos a la hermosa morocha de nombre Carolina. Pronto escucharemos las plegarías del pillo inglés. No tardará en negociar un trueque que nos permita recuperar nuestro tesoro perdido.

13 de marzo

El ramplón de Henry Olonés no ha dignado a asomar rostro en nuestras tierras. Si tan siquiera hubiese enviado un mensaje, mas ni una señal de humo hemos divisado.

Se cierra la bitácora.

Poco se sabe sobre la travesía de Henry. Su contramaestre era un fantoche y aseguró convencido que libraron una batalla contra el mismísimo Kraken. El almirante se desvivió narrando las peripecias de la galera Alba Menor en las antillas. Se lo veía exultante al remembrar la prolijidad del gran capitán Dragón Barbado durante la tormenta del 28 de febrero.

“Con cuanta maestría se enfrentó nuestro capitán, ¡oh santa madre bendita! Las olas, cual montañas iracundas, nos golpeaban con fuerza aterradora. Por un momento creímos que Poseidón nos abrazaba para llevarnos a su morada en el fondo del océano”. –Almirante Maese.

Recordemos que, en alta mar, los piratas no tenían pasado, su nombre de pila era consumido por las llamas de la indiferencia y el olvido. Por ese motivo, cada navegante era bautizado con un apelativo. El de Henry Olonés era tal (Dragón Barbado) no sólo para infundir el terror en los navegantes de navíos ajenos. Aludía, además, a su barba prominente y al enorme dragón cincelado en la piel de su pecho tiznado por el sol.

Una noche de luna menguante, con el ulular de las ballenas y los delfines escoltando la proa, Henry Olonés, cual juglar, canturreó una estrofa profética en la cubierta. Cada frase la acompañaba con el soplido de su armónica y el taconear de sus botas de cuero. La nostalgia por su esposa, y la ira contra sus captores, lo embargaba y las lágrimas por poco y afloraban de sus ojos.

“Dios pregonaba a los hombres: allá donde habiten: 7 plagas golpearán vuestras apacibles pero abyectas existencias. El hambre, el frío, la sed y el dolor serán las teloneras de la muerte, la epidemia y el esténtor…”

Continuará…

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El tesoro invidente

Abril 30, 2008 · 4 comentarios

El tesoro invidente

Nota: abajo hay un compedio del vocabulario utilizado en esta primera parte junto con su significado.

I CAPÍTULO

Los hombres siempre se hallan insatisfechos con la inmanente desdicha terrenal. Por ello van al acecho de fortunas y tesoros. Anhelan cavar con sus palas en terrenos recónditos tentando al destino. Quizá algún día descubran maravillados un cofre que les brinde sosiego sempiterno a sus almas errabundas.

El diáfano océano que observáis a mansalva acogerá mi aventura, querida Rosa. El martes, a la hora en que la luna surge del horizonte misterioso, me veréis levando anclas y desplegando mi velamen. Zarparé empuñando mi trabuco, en busca de aquella mujer hermosa, acrisolada y radiante como los más bellos rubíes y tentadoras sirenas de alta mar.

Bien sabes, venerable hermana que, la Helena de mis cariños, al igual que la de Troya, me fue arrebatada de los brazos por crueles enemigos, implacables e indolentes. Cierta noche sin estrellas, y de bruma reinante, los corsarios franceses asaltaron mi barco. Conocedores de mi avenencia por las mujeres y el aprecio inconmensurable y manifiesto que demostraba por mi esposa Carolina, usurparon sus aposentos ubicados en el castillo de proa. La raptaron de sus sueños y apacibles vivencias a bordo de nuestra embarcación. De suerte un marinero noctámbulo despegó su ojo y atestiguó la huida de aquellos galos forajidos, atendiendo en la bandera blanca, azul y roja enarbolada en la cúspide del mástil del majestuoso galeón con que surcan los mares.

Los galos pretenden recuperar sus tesoros tomando la más onerosa dádiva de cuantas soy dueño. ¡Sangre brotará de sus venas ponzoñosas y los gritos de merced desgarrarán el silencio de las noches caribeñas! En honor a mi espíritu aventurero y desafiante, libraré del yugo de sus captores a mi concubina, dado el menester inaplazable de palpar sus carnosos labios y respirar su hálito enamoradizo en las albas restantes de mi existencia.

Noble Henry, que la desesperación permanezca ausente y la prudencia guíe tu actuar. De otro modo, caerás presa de tus demonios y tu morada venidera no será otra que las orillas del Tártaro, repone Rosa.

Atribulada mujer, no debes temer. Mi plan perfecto es y a esta morada regresaré con mi fortuna y mi corazón inmaculados. Por eso me llaman el rey del mediterráneo, el dragón barbado del mar. Con mi mujer celebraremos un banquete a mi regreso. Atiende bien en mis palabras: cuando cumpla con mi vendetta, lanzaré una botella de vino a las aguas. En ella introduciré un papiro en que conoceréis la fecha de mi llegada. Si fracaso, rebanaré de un tajo mi cuello y colorearé el océano del rojo de mi sangre. De modo que, el día de mi muerte, el horizonte carmesí será.

Admirable templanza hermano. El amor de tu corazón supera la dimensión de tu sesera. Me recuerdas a los emprendedores y bellos caballeros que, espada en mano, enfrentan a los temibles dragones negros en la cúspide de las montañas europeas. Orondos y envalentonados, se sumergen en la oscuridad de las cavernas. De sus cuerpos poco se sabe de nuevo, pues sólo sus cabezas vuelven a ver la luz del sol, rodando por las praderas, solitarias y sin dueño.

A diferencia de los estultos caballeritos de armadura de los relatos, yo clavaré la espada en el corazón del dragón, y rescataré a mi amada, espeta Henry. Se levanta de la silla de mimbre y contempla el crepúsculo naciente en lontananza.

Continuará…

VOCABULARIO

Inmanente: propio de algo.

Sempiterno: eterno.

Errabundos: errantes.

Sosiego: tranquilidad.

Diáfano: puro

Mansalva: en gran cantidad.

Velamen: conjunto de velas de un barco.

Acrisolada: intachable, irreprochable.

Inconmensurable: Que no se puede medir.

Onerosa: costosa (valiosa).

Dádiva: joya.

Menester: necesidad.

Tártaro: el infierno.

Atribulada: preocupada.

Sesera: cabeza.

Estultos: tontos.

Lontananza: a lo lejos.

Barba gris (Edgar Leonardo Medina)

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Regreso Inesperado

Abril 26, 2008 · 4 comentarios

Escrito por: Lissewen (Marly L.)

El arribo imprevisto de Helena desconcertó a Edgar. Que se le apareciera luego de cinco años no era fácil de asimilar. Muchas lágrimas y horas de terapia le había costado al pobre Edgar superar su abandono.

Helena era una mujer fría, calculadora, manipuladora, voluble, que un día sin más dejó a Edgar y a su pequeña hija Samatha para desaparecer del mapa, y ahora estaba ahí, sentada frente a su marido abandonado, que caminaba de un lado al otro, mientras ella esbozaba una sonrisa maliciosa.

Una hora después de su arribo aún Edgar no entendía el porqué de su regreso. En esa hora ninguno de los dos pronunció palabra. Él se mantuvo caminando de un lado al otro mientras ella, sentada en el sofá, prendía un cigarro tras otro con la colilla del anterior.

Finalmente el silencio se rompió:

- ¿A ti te parece demasiado fácil aparecerte aquí como si nada hubiese pasado, verdad?

Una bocanada de humo salió de entre los labios de Helena.

De improviso se escuchó una llave en la puerta del departamento, se abrió, entró una joven mujer de cabellos color de sol. Era Mariel.

- ¿Quién es esta mujer?- Inquirió Mariel

- Es ella- dijo Edgar

Helena sonrió nuevamente como sólo ella sabía hacerlo. De pronto ella habló.

- Vine a hablar contigo a solas, dile a esta muchachita que se marche.

- Esta muchachita como tú la llamas fue quien me salvó del abismo en el que me dejaste.

- Por favor querido, deja de llorar como una niña –expresó Helena- yo no podía quedarme al lado de un mediocre oficinista de medio pelo como tú cuando esa puerta me invitaba a probar suerte en un mundo que a tu lado nunca hubiera conocido.

Edgar y Mariel se miraron atónitos.

- Vamos queridos, que tanto desconcierto, es lo que cualquiera en mi lugar hubiese hecho, lo que tú –dirigiéndose a Mariel- harás en cuanto te aburras de este miserable.

Un largo silencio prosiguió a las palabras de Helena. Finalmente Edgar habló.

- ¿A qué carajo volvistes? No creo que sólo a insultarme.

- Claro que no, vine por Samantha, es mejor que esté conmigo que contigo.

- Hubieses pensado eso antes de abandonarla, para ella como para todos estás muerta.

- ¿Muerta? A ver con quién se querrá ir cuando se entere que su adorado padre la engañó todos estos años.

- No te atreverías…

- Oh sí. Tanto que no pienso moverme de aquí hasta que regrese –dijo mientras cruzaba las piernas.

- Es inútil que te quedes aquí- dijo Mariel con tono tajante.

- Pierdes tu tiempo- inquirió Edgar

- ¿Perder mi tiempo? Si de llevarme a mi hija se trata, no creo que esto sea perder el tiempo.

- Samantha no está aquí y no volverá –gimió con desesperación Edgar, evidentemente quebrado.

- ¿Qué estás tratando de decir? –inquiere Helena con ojos asesinos.

Edgar se desplomó en un sillón a llorar. Mariel, de pie a su lado, le acariciaba los cabellos.

- Ella… Ella ya no está –balbuceaba Edgar.

- Habla claro –gritó Helena.

- Yo te lo explicaré, pero no es nada fácil –intervino Mariel y tomó asiento en el borde del sillón de Edgar.

Cuando te fuiste Edgar le dijo a la niña que habías tenido que salir de viaje de negocios y que pronto regresarías. Samantha preguntaba por ti a diario, conforme pasaron los días ella se empecinó como es lógico en saber la fecha de tu regreso. Unos amigos aconsejaron a Edgar que lo mejor era decirle que habías muerto, así ella no preguntaba más. Edgar confundido y sumido en la depresión absoluta, más ebrio que sobrio, decidió decirle esa versión a tu hija, y así fue. La niña si antes sólo te extrañaba luego de la fatal noticia cayó en el más profundo estado del dolor, en la depresión absoluta. Su cálida sonrisa se había borrado para siempre.

- Fuiste un estúpido –espectó Helena.

Edgar sollozaba.

- Continúo –dijo Mariel.

Edgar se hundió aún más en ese pozo profundo en el que estaba desde que te marchaste, ver a su hija sumida en la tristeza lo destrozó en lo más hondo de su ser. La desesperación lo llevó a beber aún más que hasta entonces y caer en el aberrante mundo de las drogas.

Fue así como tus padres entraron en acción, Helena.

- ¿Mis padres? –preguntó Helena, ¿Cómo que mis padres si ellos nunca paran aquí?

Por familiares y conocidos se enteraron no sólo de tu abandono sino de la vida descarrilada que llevaba Edgar, sexo, droga y alcohol no son una buena combinación ni es lo ideal para criar a una niña tan pequeña. Edgar había perdido el trabajo a causa de sus vicios y sobrevivían de los pocos ahorros que tenían, fue en estas condiciones que se dio el regreso de tus padres.

Pelearon por la custodia y dadas las circunstancias que Edgar pasaba, lógicamente la consiguieron con facilidad. Ni mencionar que el dinero y la posición social de tus padres influyeron mucho, Helena.

- Así que está con mis papás. No pensé que sería tan fácil, lo único que tengo que hacer es buscarlos. Ellos no me negarán a mi hija.

- Aún no acabé mi historia, Helena.

- ¿Aún hay más?

Un lamento agudo, como un aullido escapó de la garganta de Edgar.

Tus padres ganaron la custodia de Samantha, cierto, y pronto quisieron retomar su agitada vida de viajes alrededor del Mundo. Creyeron que tomar otros aires y ver otras personas curarían a la niña. A la semana del juicio abordaron su avión privado con rumbo al Caribe como primera escala, y…

- ¿Y qué? Habla –exigió Helena.

El avión tuvo un desperfecto y cayó en medio de la selva. Siento decirte esto pero, no hubo sobrevivientes. Tus padres y Samantha murieron carbonizados…

- ¡Nooooooooooooooooooooooooo! –gritó con desesperación Helena.

Edgar lloraba desconsoladamente.

- Eso no es verdad, son patrañas suyas para alejarme de mi hija –Helena parecía escupir cada sílaba que pronunciaba.

- Es la verdad, Helena –aseveró Mariel.

Helena se levantó lentamente del sofá y se dirigió hacia la puerta, de pronto volteó alzando un dedo amenazador ante la pareja en el sillón.

- Si están inventando todo esto para alejarme de mi hija me la van a pagar muy caro –amenazó Helena.

- Si no nos crees ve al Mausoleo de tu familia, Helena. Ahí se encuentran los restos de tus padres e hija.

- Eso es lo que haré, que no les quepa duda –finiquitó Helena, azotando la puerta tras de sí.

****

Era un mediodía frío y húmedo. El sol no asomaba entre las nubes. El cementerio central lucia gris y más triste que de costumbre. Helena transitaba rápidamente entre los pabellones, las tumbas y los mausoleos, hasta llegar a la zona donde tenían los suyos los miembros más prominentes de la aristocracia local, su familia era una de ellos. Por fin llegó al lugar. Era el mausoleo más grande de los alrededores, de mármol italiano, imponente. Entró de prisa al frío bloque blanco y se puso a buscar entre los lugares recordaba vacíos, pronto vio el nombre de sus padres, Don Augusto Carrillo y Zorrilla de la Rivagüero y Doña Catalina Echenique de Carrillo y Zorrilla. Es cierto que están muertos –murmuró Helena. Rápidamente sus ojos se desviaron hacia una pequeña lápida debajo de la de sus padres. Ahí decía: Samantha Gómez Carrillo y Zorrilla.

El corazón de Helena pareció destrozarse en mil pedazos, se sintió atacada por millones de puñales fríos como el hielo que le destrozaban el cuerpo y el alma. Cayó pesadamente a los pies de la lápida y lloró desconsoladamente por horas.

****

Un zombie tenía más vida, no era la mujer que todos amaban era una sombra cuando salió de aquel lugar, pasaba sin ser vista como nunca antes en los años que llevaba de existencia, era una más del montón, pero no, ella no se sentía así, pero tampoco se sentía la reina que solía creerse, se sentía un ser de otro mundo, alguien que ya no tiene alma ni vida, ni motivos para reír. Caminaba lentamente por las calles adoquinadas, y atrás sólo quedaba el sonido de sus tacones aguja.

Camino sin rumbo durante horas, la noche estaba por caer, había sido sin duda alguna el peor domingo de su vida. Sus piernas la llevaron a un viejo puente en el lado antiguo de la ciudad. Se quedó en medio del puente, con la mirada perdida en el horizonte, sin saber qué hacer ni a donde ir. De pronto el susurro del río que dividía la ciudad le llevó una palabra que hace años no oía para sí: Mamá. Inmediatamente Helena miró hacia las aguas del río y creyó ver sobre ellas a Samantha tal y como la vio la última vez, con aquel vestido blanco de verano y ese lazo largo en el cabello. Helena tendió sus brazos hacia el agua. Su cuerpo se recostó sobre la baranda, “Allá voy hija” –fue lo último que murmuró. Y la noche cayó.

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